LA «MALICIA INDÍGENA» TAMBIÉN SE VIVE Y APRENDE CUANDO SE EMPRENDE

En Colombia, donde nació Smart Snacks, es muy común escuchar la expresión «malicia indígena». Es un dicho popular que suele asociarse con la astucia, la intuición y la capacidad de encontrar soluciones en situaciones difíciles. Sin embargo, también se utiliza para describir esa «picardía» con la que algunas personas buscan sacar ventaja de los demás.

Cuando se emprende, esa primera definición resulta indispensable. Todos los días hay que resolver problemas, buscar alternativas y encontrar soluciones creativas con muy pocos recursos. Pero cuando la llamada «malicia indígena» se convierte en engaño o abuso de la confianza, deja de ser una cualidad para convertirse simplemente en una mala práctica.

Las pequeñas empresas lo vivimos con frecuencia. Cuando apenas estás creciendo, cada peso cuenta y cada decisión puede marcar la diferencia entre seguir adelante o detener un proyecto.

Nos ocurrió cuando fuimos a comprar nuestra primera marmita de acero inoxidable.

Llegamos al sector del Ricaurte, en Bogotá, reconocido por la fabricación y comercialización de equipos en acero inoxidable, recomendados por un compañero de trabajo de Jairo. Allí nos atendió un señor con acento costeño que nos mostró todo el taller, explicó con detalle cómo fabricaban las marmitas y nos entregó una cotización.

Como cualquier emprendedor responsable, seguimos visitando otros talleres para comparar opciones. Finalmente, regresamos donde él porque tenía un buen precio y, además, venía recomendado.

Insistió en viajar personalmente hasta Chiquinquirá para tomar las medidas del lugar donde se instalaría la marmita y así evitar inconvenientes durante la entrega. Todo sonaba muy profesional.

Tomó las medidas, firmó un contrato sencillo que yo misma preparé y entregamos el 50 % del valor del equipo. Nunca más volvió a responder el teléfono.

Tiempo después regresamos al taller para buscarlo. Allí una señora nos explicó que aquel hombre solo había trabajado allí algunos meses atrás y que, al parecer, había engañado a varias personas utilizando exactamente la misma estrategia.

Esperamos sinceramente que hoy esté bien y que toda esa creatividad la utilice para construir, y no para perjudicar el esfuerzo de otros.

Pensamos que esa sería una experiencia difícil de repetir y caímos de nuevo.

Tiempo después recibimos el contacto de un empresario mexicano que estaba interesado en exportar nuestro sirope de yacón. Tenía un perfil impecable: página web, LinkedIn actualizado, correos corporativos y toda la documentación que inspiraba confianza.

Durante varias semanas sostuvo conversaciones comerciales con nosotros. Solicitó cotizaciones, muestras, fichas técnicas, cartas explicativas y otra documentación propia de un proceso serio de exportación.

Posteriormente nos informó que iniciaría el trámite ante la COFEPRIS y que era necesario asumir parte del costo del estudio. La suma correspondía a 300 dólares y finalmente accedimos.

Durante varios meses continuó escribiendo, solicitando documentos y enviando supuestos avances del proceso regulatorio.

Hasta que un día simplemente desapareció. No volvió a responder llamadas ni mensajes.

Y luego están esas situaciones que parecen pequeñas, pero que afectan enormemente a los emprendimientos.

Muchos clientes solicitan envíos con pago contra entrega porque así se sienten más seguros al comprar. Es completamente entendible. Sin embargo, cuando el paquete llega y el cliente decide no recibirlo, quien realmente asume las pérdidas es la pequeña empresa.

El producto viaja de ida y de regreso, puede deteriorarse durante el transporte y la empresa transportadora cobra el servicio independientemente de que la entrega haya sido exitosa.

No sabemos si eso también hace parte de la famosa «malicia indígena» o simplemente de la falta de empatía hacia quienes están haciendo un enorme esfuerzo por crecer.

Y ni hablar de las nuevas modalidades de pago que comenzaron a popularizarse hace algunos años. Al principio parecían una gran solución para facilitar las ventas y brindar más opciones a los clientes. Sin embargo, no tardaron en aparecer quienes encontraron la forma de aprovecharse del sistema.

Afortunadamente, todas estas experiencias nos enseñaron algo muy valioso:

Hoy verificamos mucho más a nuestros proveedores, investigamos mejor antes de cerrar negocios, validamos información y aprendimos a desconfiar sanamente.

No porque pensemos que todas las personas quieran engañarnos, sino porque cuidar una empresa también significa proteger el trabajo de quienes dependen de ella.

Creemos que esa es la verdadera «malicia indígena» que necesita un emprendedor: la capacidad de anticiparse a los problemas, analizar antes de actuar, buscar información, prevenir riesgos y encontrar soluciones todos los días.

Porque emprender ya es suficientemente difícil como para poner en riesgo lo que tanto esfuerzo ha costado construir.

Si estás comenzando un negocio, vas a comprar maquinaria, negociar con nuevos proveedores o cerrar un acuerdo comercial, tómate el tiempo para investigar. Pide referencias, verifica la información, formaliza los acuerdos mediante contratos, facturas y, cuando sea necesario, pólizas o documentos legales.

No se trata de desconfiar de todo el mundo, se trata de cuidar aquello por lo que has trabajado durante tanto tiempo.

En Smart Snacks seguimos creyendo en las personas. La mayoría son honestas y hacen bien su trabajo. Pero también aprendimos que un buen emprendedor necesita combinar la confianza con la prudencia.

Y si hoy estás viviendo un momento difícil con tu emprendimiento, no desistas. Sigue aprendiendo, sigue creciendo y continúa construyendo.

Tu momento para brillar llegará, pero que sea siempre sin afectar el camino de los demás.

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